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La historia de O.

Nadie sabe cómo, de repente, las historias de dos personas confluyen en el mismo punto en un determinado lugar y momento de su vida. Es extraño y espontáneo. O quizás no. Quizás sea el destino el que lo tenga todo preparado. No lo sé. O tampoco lo sabía, ni lo sabe, sigue ignorando ese aspecto del azar (o de lo planeado). O es como tú, como todos. Bueno, en realidad tiene algo especial que hace que las cosas no salgan siempre igual. Por eso, su historia con él no empieza como todas. Porque  sino no estaría aquí contándoos esto. Para leer y masticar las mismas palabras de siempre, la misma historia con los mismos detalles. Se enamoraron bajo la luz de la luna, paseaban por la playa,… ¿Para qué sirve eso? Para nada, esas historias no son de verdad. ¿A quién le pasa eso? La vida es más simple. Pero no por eso menos bonita. Tendemos a buscar el gran amor que llene nuestra vida, siempre magnificando los momentos. Y sin embargo no nos damos cuenta de que ese gran amor se consigue con pequeños pedazos de ilusión, de sonrisas. Creo que esto se sale del guión. Al fin y al cabo, esta es la historia de O. No vamos a llenarla de filosofía barata. Sólo de realidad, que al fin y al cabo, es la que nos golpea cada mañana contra la cara.

m.

 

Tienes razón. Hay cosas que sólo el mar, el sol y la arena pueden curar.

terceraPERSONAplural

Las cosas nunca son lo que parecen. La realidad nunca es como parece. Las palabras nunca son tan inocentes, tan ingenuas. Las ideas nunca surgen de forma espontánea. El control sí que existe. ¿Dónde viven ahora las caricias? Creo que decidieron mudarse al piso de enfrente, donde no hay gritos ni reproches (no durante esta noche).

¿Dónde se esconden las palabras? Han huido, ya no están.

Y se fueron ya hace tiempo, aunque no quisimos darnos cuenta. Nada es lo que parece. Nada de lo que parece fue. Juegos de ausentes que no pueden prolongarse más. Un adiós es un adiós. Aunque al principio parezca de mentira y no sea del todo real. Un adiós es de verdad. Cuando la otra persona ha decidido marcharse, ya no puedes hacer nada. No puedes porque ella ya lo ha hecho todo. Las caricias y las palabras definitivamente, se mudan al piso de enfrente.

No sé si la historia se narra en primera, en segunda o en tercera persona. No sé si fueron plural, o por respeto y miedo, o simplemente confusión, deban considerarse sujetos individuales. No lo sé. Ella sigue pintándose los labios de rojo, él sigue pensando que puede salvarla. Como todos, como siempre. Historias que pueden ser rescatadas para abonar una vida. Primavera completa por el viento, que consigue acercar retales de vidas más cosidas. Y hace que, por un momento, encajen. Así nos hallamos todos conectados. Así tomamos aliento, respiramos aires nuevos.

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Solemos pensar que podemos ganar batallas con sólo regalar sonrisas. Pero al final, lo que nos queda, son derrotas revestidas de mentiras, de falsas realidades. Y nos quedamos con demasiado peso en el presente. La primavera ya se va, nos deja solos. Y nos fijamos en ELLOS porque la tercera persona del plural nos da la confianza de que es lejana y ajena. Y sin embargo, la utilizamos para que por lo menos, así haga menos daño.

primeraPERSONAsingular

Llegó, como cada mañana.

Se sentó, en su sitio. La falda plisada, los ojos oscuros, la sonrisa pálida. Las paredes se le tiraban encima. Le agarraban, le dejaban vulnerable. Vulnerable, sumisa y callada. Siempre la misma cadena de conceptos entrelazados. Siempre unidos, sin apenas la separación de una coma marchita que no tiene cabida en el lenguaje oral. Vulnerablesumisaycallada. Cada vez lo decía más rápido y más seguido. Cada vez más interiorizado. Se sentó, en su sitio, la falda plisada, los ojos oscuros, la sonrisa pálida. Aquel día también se quedó en silencio, gritando su presencia impregnada de colonia barata y tacones torcidos. Quizás, durante apenas un segundo, derramó alguna lágrima. Quizás. Pablo no lo vio de forma clara. Quizás es lo que él quería ver. Que llorara, que mostrara de una maldita vez ira u odio, que elevara la voz para reprocharle algo, lo que fuera. Quizás era lo que necesitaba para no creer en esa vulnerabilidad, en esa sumisión o en ese silencio.

Ella siempre se pintaba los labios con un rojo especial. O eso le parecía a Pablo. Ella llevaba las uñas cuidadas, nunca mordidas, siempre perfectas. Ella le hablaba -cuando lo hacía- de la belleza de la superficialidad abstracta, de lo brillante y lo llamativo; de cómo le fascinaban las farolas de su ciudad cuando alumbraban los grandes rascacielos. De los restaurantes, el bullicio, las lentejuelas y las cantantes mal pagadas, pero capaces de renunciar a toda una vida por su minuto de gloria en las retinas de aquellas personas. Su ciudad. Pablo siempre creyó que ella era así por eso. Porque había perdido su identidad, el lugar de donde era, las luces, las lentejuelas. Siempre lo intuyó, y ella ni se lo negó, ni se lo afirmó. Ella siempre se mantenía en silencio. Una educación seleccionada en los mejores colegios. Un sello que le acompañaría para siempre, impregnado en su piel, pero sobre todo en su conciencia. Una educación que no le dejaba abrir su mente, que no pretendía hacerla crecer.

Vulnerable,

sumisa,

callada.

Durante cada eterno segundo que compartieron. Durante cada día, durante cada año.

Pablo se enamoró de ella porque un día creyó que podía salvarla. Pensó que podía hacer de esa, su lugar. Pablo se enamoró de ella por ese silencio con el que le observaba, interpretado como una llamada de auxilio. Por eso y por el rojo especial de sus labios.

mejor dejarlo en blanco

Hace poco leía esto: 

A menudo las imágenes y las situaciones y las fotos no lo son del todo hasta que llegan los acontecimientos posteriores; como si quedaran en suspenso, provisionales, para verse confirmadas o desmentidas más tarde. Nos hacemos fotos, no con objeto de recordar, sino para completarlas después con el resto de nuestras vidas. Por eso hay fotos que aciertan y fotos que no. Imágenes que el tiempo pone en su lugar, atribuyendo a unas más auténtico significado, y negando otras que se apagan solas, igual que si los colores se borraran con el tiempo.

 

La  Reina del Sur, Arturo Pérez-Reverte 

 

Hace tiempo leía esto. Y me quedé impresionada nada más hacerlo de lo real que era, de lo terriblemente evidente que era, y que a pesar de ello, nunca me había percatado. Las imágenes o los acontecimientos de nuestra vida son perfectos por el significado que les damos con el tiempo. Existen muy pocos momentos eternos en nuestra memoria, cargados de sentido desde el primer segundo desde el que empiezan a existir. Con el paso del tiempo, las personas recordamos aquellas cosas que nuestra mente selecciona. Una vez alguien me dijo, Andrea, piénsalo, el dolor no se recuerda. Se recuerda el hecho, la herida, el golpe que te diste al caerte. Pero no recuerdas el dolor. Y así fue, lo pensé. Piénselo ustedes también. No somos capaces de recordar el dolor que algo nos ha hecho o nos hizo en su momento. Quizás por ello el ser humano es el único que tropieza dos veces con la misma piedra, o que a veces, a base de errores, consigue aprender algo. Quizás sea por eso, no lo sé. Se me acaba de ocurrir. 

Ni siquiera sé por qué estoy relacionando todo esto. Quizás sea porque si no recordamos el dolor, los momentos que hemos idealizado en nuestra memoria vuelven cada vez más fuerte. Si cada vez que recordamos ese hecho olvidamos por completo el dolor que hemos sufrido, quizás por eso no avanzamos u olvidamos. Es más, le damos más importancia a ese recuerdo. A menudo las imágenes, las situaciones y las fotos no lo son del todo hasta que llegan los acontecimientos posteriores. Perfección indolora. Ahora súmale la desesperación por recuperar esas imágenes, situaciones y fotos. Me da la sensación de que entonces en el presente, no podrás ser más que un recuerdo. Tú misma, un recuerdo marchitado. Hoy sólo soy un recuerdo del ayer. Me hace daño esa frase. No puedo creer que el ser humano pueda llegar a resignarse a ser sólo eso, un recuerdo, un momento efímero en la memoria, que con el viento desaparece. Así que empieza a vivir, a recordar el dolor, a destruir perfecciones y comienza a ser el presente, tu presente.

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“¿Sabes lo que haría yo los días de lluvia? Saldría a correr. A empaparme. Saldría hasta la playa y me quedaría allí para un rato. Y luego correría sin meta alguna. Y en mi mente sonaría una canción de verdad. Y no pensaría. Dejaría mi mente en blanco, vacía, hueca, fugaz. No le daría importancia a nada pero me fijaría en todo. Avanzar y avanzar. Nada más. Eso es lo que haría yo los días de lluvia”.

Lo bueno es que hace un tiempo tan terriblemente bueno que ni siquiera me planteo que esto pueda suceder.

Lo malo es que hace mucho tiempo que no escucho palabras como estas.

Orgullo najerino

Me quedé impresionada cuando, observando de manera inconsciente el tránsito de la calle, me percaté de la nueva rutina se ha instalado plácidamente en la vida de los najerinos. Y al principio me extrañé de que tal hábito se hubiera impregnado con tal rapidez a las mentes que aquí residen. A primera vista, me alegré de que todos hubieran adquirido costumbres saludables. Un segundo después, me di cuenta de que algo no iba bien.

Les contaré lo que vi. El viernes por la tarde, mientras iba caminando y charlando con mis amigos por el Paseo, me di cuenta de que un pequeño goteo incesante de personas se dejaban caer por allí, mochila en mano y deportivas puestas. Como si de un desfile se tratara, las piezas de la cadena se encaminaban con rumbo fijo al lugar donde –según las autoridades del lugar y de la Comunidad- se ha llevado a cabo la modernización de Nájera. Sí señores, Nájera es una ciudad moderna, actual. Si bien ya poseíamos el merecido título de Capital del Mueble, no bastándonos con ello, nos latía la inquietud de ganarnos otro título que nos dejara un buen sabor de boca. Y el elegido ha sido Ciudad deportiva de Nájera.

 

Y es que los najerinos nos hemos marcado una nueva meta: ser la ciudad modelo en nuestra tierra. Y me parece admirable. Nunca debemos perder el afán de superación. Pero lo mejor de todo es que hemos ganado en algo de lo que nuestra clase política siempre se sentirá orgullosa y satisfecha. Sí señores y señoras, hemos ganado en demagogia.

DEMAGOGIA

Puedo decir orgullosa que pertenezco a esas ciudades adoradoras de una clase política de nivel y éxito. Una clase política que sabe cubrir las necesidades básicas de la población, que comprende que antes que subsanar las pequeñas faltas o defectos que existen en el municipio, es mejor ganar votos realizando construcciones desproporcionadas e inmensas, capaces de dejar atónitos a los pobres, pequeños e ingenuos ciudadanos, que sonriendo irán a las inauguraciones, que satisfechos repetirán el voto cada cuatro años.

Sí, señores y señoras. Me siento orgullosa de pertenecer a un lugar en el que cubrirse de gloria es lo primero. En donde da igual los millones que vaya a costar, o cuanto tardemos en pagar, o si los servicios son de carácter público o no. Eso es irrelevante. Lo que hay que hacer es construir, es crear esa imagen de magnificencia. Que toda la comarca hable de nosotros. Y encima, me siento orgullosa de decir con la boca bien grande, que estoy encantada de que saqueen las arcas municipales, de que se construya para unos pocos, de que la cultura sea irrelevante, pero sobre todo, de que por fin tengo mi abono a las piscinas climatizadas de Nájera.

Pero qué voy a decir yo, si ya se han encargado de difundirlo por redes sociales y páginas webs. Qué visión os voy a aportar yo desde aquí mi humilde blog. Francamente, no quiero distorsionar ni la alegría ni la imagen que cualquier otro najerino os puede dar.

Ironías a parte y aclarando que no tengo en mi posesión ni en propiedad tan abono; la verdad es que estoy bastante triste. Estoy triste porque los políticos han vuelto a jugar con nosotros. Han vuelto a utilizar nuestros recursos, nuestras debilidades; nos han manipulado y han conseguido, de una jugada, asegurarse cuatro años más en el poder, poder ya desgastado por legislaturas estáticas que no representan cambio alguno y que esquivan y evitan las reclamaciones y denuncias de siempre.

Estoy triste porque hoy, y desde hace algún tiempo, ha vuelto a ganar la demagogia. Comprenderán que para una estudiante de Derecho es algo por lo inquietarse. Cómo no se da cuenta la población de que la están utilizando. Eso mismo me pregunto yo cada vez que alguien me habla de esto, de este nuevo club social que el Ayuntamiento de Nájera yla Comunidad Autónoma deLa Rioja han creado para mantenernos a todos callados. Ya no se trata sólo del dinero, se trata de las ideas. No se trata sólo de la crisis económica, se trata de la crisis de valores, de pensamiento, de iniciativas. Se trata de que estamos dormidos, sumisos, callados. Y de que encima votamos por ese conformismo, conscientes de que no queremos ni voz ni voto.

La verdad es que sí, estoy triste. Hoy no me siento orgullosa de pertenecer a la Ciudad deportiva de Nájera, que debiera ser el premio Demagogia política del presente año y de varios más.

Pero por mi culpa, no os llevéis mala imagen de la gran obra.

http://najeradeporteyocio.es/

https://twitter.com/#!/@najeradprteocio

(En realidad, los enlaces sólo redirigen a la idílica imagen proporcionada por las Autoridades).

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ausencias.

Y no paramos de pensar que estamos solos/y te ahogas en recuerdos, en mentiras. No sé que queremos conseguir con esto. Dar esa sensación de pena, de patetismo

de mierda.

Al fin y al cabo es una imagen de mierda. No hay nada más detrás de esas historias aburridas y marchitadas. Ya nos vale. Dejad de ser tan melancólicos, tan débiles. Odio que la gente se agache, que no luche.


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de la 5 a la 7

Normalmente no me suelo exigir el escribir aquí unas cuantas cosas. Simplemente  me dejo llevar cuando tengo algo que contar. Pero hoy -huyendo de las obligaciones- me he sentado aquí y me he dicho, venga Andrea, céntrate.

Pero nada. Ni una palabra.

Hasta que se ha abierto la puerta y aparece la chica de siempre, la jurista pesada que vive a dos puertas de la mía.

-Me aburro. (Siempre igual ) Oh! vas a escribir! ¡Qué bien!

-En realidad no. No sé qué poner.

-Pues habla de mí, de lo genial que soy, de mi (ahora es cuando me mata) culito. De como se pasea de la 5 a la 7, de la 7 a la 5. Mira (y mueve la cadera, se tumba en mi cama).

Y se ríe, con un tono agudo que algún parásito sabe imitar a las mil maravillas.

-Ven a mi habitación si te aburres, o bueno, vendré yo cuando me aburra.

En realidad, aquí es todo el día así. Todo el día con una sonrisa, con un optimismo contagioso correteando por los pasillos. Este grupo de parásitos que han conseguido cambiar tantas cosas de mí y hacerme ver y creer otras tantas. Lo bueno de esta ciudad es que me ha dado muchos motivos para adorar la lluvia, para absorberme con cada ola, con cada sensación. Pero sobre todo me ha regalado a un conjunto de personas sin las que, hoy por hoy, no concibo mi vida.

Tengo el día tonto, soleado y melancólico. No me lo tengáis en cuenta.

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yo aún no.

El tiempo se convierte en un elemento más, imparable, repetitivo. El tiempo deja de ser importante y ya nos da igual si nos absorbe o no. Indiferencia. Es mejor programarse de tal manera que todo sea tan previsible que, aunque suceda algo terrible, seas simplemente eso, un autómata diseñado para saltarse las emociones y perderlas con cada segundo caducado.

Tal vez, ¿has pensado en renunciar?

Al igual que tú, al igual que todos, estamos programados para renunciar sin ni si quiera saber que lo estamos haciendo. A veces, cuando nos proponemos no rendirnos, cuando depositamos toda nuestra energía en conseguir algo, entonces ya nos hemos sentenciado a nosotros mismos y no me sirve ni llorar, ni alegrarme.

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