Tiñe las sábanas de odio y ceniza. Escupe en las ventanas la luz caduca, los reflejos efímeros y cortantes. Grita en silencio su verdad. Y luego la de los demás. Y empieza a repetirla, pero esta vez en voz alta. Cada vez más alta. Y más. Hasta que se hace daño porque las palabras han hecho efecto. Quizás se esté dando cuenta de que todo lo que había interiorizado no es verdad. Pero no puede ser. No, es imposible. No puede ser todo una ficción que de repente, se le desvanezca de entre los dedos. Respira de nuevo ese polvo vetusto que le transporta a otro tiempo, a otro lugar, a otro todo. Y piensa que quizás retrocediendo y recuperando los recuerdos consiga retroceder avanzando en el presente. Por muy incoherente que parezca. Pero no puede asimilar que las historias a veces corren inexplicablemente, sin justificarse, sin mirar hacia atrás. Pero es justamente ahí donde te das cuenta de que has crecido, por lo menos en un plano emocional que hasta el momento no conocías. Y una vez que ya has madurado, el corazón se frágil tras una coraza, pero tu piel aprende a resistir todos los huracanes en los que te puedas llegar a meter.
Un suspiro que en silencio exprese una cantidad ingente de sentimientos.