Desde la habitación se oye el viento y se adivinan las olas. El mar arrastra con fuerza y rabia su propio cuerpo. La ciudad no se detiene pero mira de reojo. El tiempo pasa, lento e infinito, o rápido y efímero (depende de la mente con la que le toque tratar) y se come ideas caducas que la lluvia acabará arrastrando.
Se da cuenta de que echa demasiado de menos muchas cosas. Demasiadas cosas. El ruido del metro al llegar a la parada, el segundero del reloj de pared, las noches dilatadas en la memoria, pero sobre todo, por encima de cada detalle pequeño en el que pueda llegar a pensar, sabe que echa de menos a las personas y de que su mundo, aunque lleno de huracanes llenos de vida; a pesar de esa caricia que recorre su cuerpo, se siente un poco más vacía. Traicionera y silenciosa. Y el tiempo sigue pasando. Pero, lo quiera o no, no es capaz de encontrar ni las palabras, ni las personas.
A veces el silencio grita más que las palabras.